LOS ÁNGELES -- "Los rivales sí corren", dijo Miguel Herrera tras el descalabro ante FC Juárez. "El equipo reaccionó (después del gol de Chivas) muy bien", explica El Piojo luego del empate ante Chivas.

Inevitable responsabilizar a Herrera de estos sinsabores en El Nido. Cierto: él no juega, no erra penaltis ni desperdicia goles, ni es culpable de la miopía arbitral.

Pero, es el líder, el capataz, el guía del vestuario. Es el dictador, el padrastro, el padre compasivo, el confesor, el terapeuta, el psicólogo.

En un club con notables futbolistas, hay dos misiones del entrenador: establecer a qué juega y convencerlos de que lo hagan.

Y en esta homilía en el interior del vestidor, debe ir implícito que entiendan para quien juegan y convencerlos de que lo asuman. El América no es un antojo, no es un desliz, sino un compromiso.

Ciertamente, Miguel Herrera ha demostrado saber meterse en los recovecos de esas cabecitas atormentadas y luego prófugas, de esa bendición que es jugar al futbol. Son predestinados, por ese ejercen ese oficio.

Pero, más allá de esa labor exhaustiva de comprometer al futbolista, por encima de ello, es insoslayable la obligación absoluta del millonario en calzoncillos al que sólo se le pide que sea despiadadamente serio y responsable durante 90 minutos.

Y en caso de que hubiera fallado Miguel Herrera, porque muchos de sus jugadores no corren, no se esfuerzan, no tienen la devoción, más que en los momentos de crisis, de histeria, como ir abajo en un Clásico, ¿hasta dónde es culpa del técnico?

Mientras Raúl Gudiño levantaba su propia estatua, con las ruinas de otras ruinosas apariciones, Mateus Uribe quiso resucitar de un torneo en el que ha errado goles, mostrado indisciplina, ha insultado a su propio entrenador, ha bajado de rendimiento, ha recolectado tarjetas, etc.

Mientras Gudiño encontró su momento sublime, Mateus solamente hizo más profundo el foso de equivocaciones en el torneo.

Más allá de que en Colombia aseguran que desde el torneo pasado, es decir, desde antes del Mundial, carga con un lastre penoso por cuestiones personales, ciertamente el colombiano quiso consumar el exorcismo de todos sus demonios desde el punto penal. Y se lo cargaron los diantres.

Ya antes, en este espacio, habíamos señalado paralelos entre Oribe y Uribe. Al segundo le hace falta lo que el primero tiene de más.

Cierto, Peralta de repente tiene menos puntería que un maraquero con una pistola de agua, pero nadie podrá cuestionarle la bravura y la capacidad de inmolarse física y moralmente en cada partido.

Uribe debió entender que la desesperación es la peor consejera. Quiso cobrar ese penalti con toda la inseguridad de sus problemas, en lugar de hacerlo con la seguridad de sus obligaciones. Tenía pánico de fallar... y falló.

Pero no es el único. ¿Cómo exonerar a Ibargüen por su gol, cuando en otros juegos ha desaparecido, mientras que Renato Ibarra y Roger Martínez se repente escurren el bulto, escondiéndose durante el partido, o deambulando en zonas de poco compromiso?

El problema del América no es la calidad de sus jugadores, sino la aprehensión y la aprensión escénica con la que sufren más que disfrutar los partidos.

¿Debe vivir esclavizado Herrera a que sus jugadores corran como no lo hicieron ante Juárez y no se vean abajo en el marcador para amamantarse de dignidad?

De ser así, deberá ir pensando en una purga a fondo en el plantel. Porque hay muchos espíritus ligeros de testosterona en su equipo.

Cometiendo un sacrilegio, relaciono esta situación de algunos jugadores del América, con una definición de la camiseta de Chivas por parte de Guillermo Tigre Sepúlveda: "Es (la camiseta) de seda, pero no cualquiera la viste, porque algunos les pesa como si fuera de plomo".

José Saturnino Cardozo dijo que la estatura de Raúl Gudiño había espantado a Matías Uribe durante el cobro del penalti.

Se equivoca Cardozo. Al colombiano lo espantó más la camiseta que viste, que la del adversario.

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Fútbol, México

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