Hizo la gran Juan Carlos Osorio. Fue esclavo de sus palabras. El colombiano ninguneó al equipo B de Croacia y... Miguel Herrera había ninguneado a la MLS "no es un parámetro para la Liga MX".

Efecto bumerang: Toronto 3-1 América. El Piojo los trató de piojoso y le empiojaron la altanería. Los ninguneados 3. La arrogancia 1. Y pudieron ser más. Varios más.

En El Nido, las Águilas deben revertir la historia... y la histeria. La Espada de Damocles oscila ansiosa de sangre.

Más amargo será para el americanismo si Chivas hace la faena a los Red Bulls de Nueva York esta noche. Hiere más el éxito ajeno que el penar propio.

Giovinco, Bradley y Altidore se apoderaron del juego. En especial el italiano, que dejó enredados como spaghetti recocido los nervios, ligamentos y coyunturas cervicales de la zaga americanista.

Del penalti que irritó al americanismo y cobró Giovinco, el América tuvo un momento de respiro, cuando Ibargüen se tragó el Messi del videojuego y sembró de cadáveres al área rival con el 1-1.

Fue un espejismo mexicano. Sólido, ordenado, pertrechado, desesperado en su trinchera, pero astuto en despliegues, Toronto terminó por arruinar las intentonas del América, incluso cuando en la desesperación táctica, Miguel Herrera empezó a hacer cambios como coleccionista de Panini. Pero igual, casi le llenan de goles el álbum de Marchesín.

En la apuesta, en un tiroteo mutuo, ambos equipos recrearon una zacapela dramática en la cancha. América azuzaba, pero en verdad Giovinco y Altidore perdonaban en posición y con posesión de gol.

En el ajedrez de la angustia, con sus peones enloquecidos, Henry Martin entró de cambio para vivir una noche trágica: tres entregas en el área, dos de ellas en posición de fusilamiento, perdonó, como antes lo había hecho el resto del pelotón.

Lamentable para el América, porque mientras Toronto mantenía el aplomo defensivo y las venenosas descolgadas como opción, se precipitaba en la entrega del balón, en disparos desafortunados y además, en elecciones equivocadas en la jugada final.

En la banca, la histeria absoluta de Miguel Herrera poco ayudaba, cuando en su frenetismo era evidente el desencanto furioso con todos sus jugadores.

William da Silva, el "Marcelo americanista", fue una avenida y un pésimo alfil del ataque, mientras que Cecilio Domínguez, nuevamente, entre esa indefinición de abulia, de apatía, o de pánico, intentaba con recelo cada regate.

¿Puede América revertir la situación en el Estadio Azteca? Nada es imposible. El clima será más benigno, y el arbitraje cambiará de óptica.

Pero el pie veterano de Toronto, y ese desdoble fulminante de Giovinco, pueden ser el detonante de una peligrosa emboscada.

Por lo pronto, Miguel Herrera deberá encender veladoras para salvar el pellejo en la Concachampions: una de ellas para que no gane Chivas este miércoles, y la otra para que las ánimas en pena que fueron sus jugadores este martes en la noche, regresen a sus cuerpo con menos nerviosismo.

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