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América rescata un agónico empate
LOS ÁNGELES -- Drama. Ansiedad. Angustia. Ilusión. Con eso y futbol bien jugado se nutre un espectáculo. Y América y Tigres lo dieron.

2-2. Un empate. Deja agruras, si se quiere, para un Tigres que tuvo la ventaja, y también para un América que gozaba del cobijo de su Nido.

Pero, como espectáculo, como choque de poderosos, un belicoso y digno 2-2, para que todos, especialmente los aficionados al futbol, puedan dormir satisfechos, plenos.

Porque, más allá de la euforia desbocada en decepción entre los aficionados de Tigres y bajo el amparo de ese resoplido final de supervivencia entre los americanistas, en ambos bandos debió prevalecer la eventual fastuosidad del espectáculo.

Cierto: el arbitraje sigue enfangándose. Se ensucia de torpeza, de temor, de incoherencia, pero termina siendo un lastre enquistado que damnifica, inevitablemente, a todos los equipos.

Sorprende Tuca Ferretti dejando en la banca a Gignac, Vargas y Sosa, sin menoscabo del manejo del partido por momentos, y el latigazo incisivo por ambas bandas con Aquino y Damm.

Minucioso, detallista, didáctico debió ser en el vestuario, la lectura del adversario. Hasta con eso se sazonó el encuentro. Ferretti y Miguel Herrera también tenían una confrontación personal en ese ego tan humanamente incontrolable.

Reacomodos tácticos por ambos equipos en el mismo primer tiempo, cambios venenosamente inducidos, respuestas del adversario, y hasta la fortuna cuando el mismo rescatista 'Güero' Díaz mata los nervios y mata a Nahuel en la respuesta instintiva para el 2-2.

Y más allá del mapa estratégico que pudieron desplegar y después guardarse en la bolsa ambos entrenadores, ciertamente la devoción y el compromiso de los jugadores fue contaminando de esa rabia bendita de competencia a cada uno de los jugadores.

Insisto, más allá de las torpezas arbitrales de Ortiz Nava, que serán vistas con un cristal diferente de cada fanatismo, los jugadores aceptaron ese desenlace de jugar duro y jugar rudo, azuzados además, al entender que el silbante tenía como concepto de justicia su instinto de supervivencia.

Las cifras no mienten: 34 faltas, 17 por bando, es decir, una casi cada dos minutos y medio, con base en los 90' reglamentarios. Se dieron, mutuamente, pero no hubo pucheros de espíritus frágiles.

Y mientras podría cuestionarse el bajo nivel de Paul Aguilar, a quien sacaron al baile con frecuencia, fue pundonorosa la respuesta de Miguel Samudio: a partir del penalti que comete sobre Damm se convirtió, en el segundo tiempo, como un gallardo acto de contrición, en el jugador referente en varios ataques de las Águilas.

En un plantel tan sólido como Tigres, capaz de transformarse sin demérito con sólo un movimiento, cuando Gignac entra por Zelayarán, y aunque pierde conducción y lucha, el francés obligó a la reubicación de Guido Rodríguez

El 2-2, insisto, tendrá ese sabor de injusticia, de insuficiencia para ambas aficiones, y para los equipos mismos, un saborcito amargo, pero, visto desde la barrera de la indiferencia, cualquiera pudo y debió saborear el encuentro.

Con dos de los planteles más poderosos metidos en la azotea de la general entre un pelotón dominante, el saborcito del empate, como un mensaje de imbatibilidad en un duelo de poder a poder, deja a ambos en la lucha abierta del protagonismo.

Tigres recibe a un equipo con una nómina diez veces inferior, pero capaz de cualquier hazaña, como Lobos BUAP, mientras que América visita a una de todas esas plazas en las que ha provocado el levantamiento poderoso del Ódiame Más: Morelia.

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LOS ÁNGELES -- Tigres tiene facha de campeón. Vestido de catrín amenaza con ser finalista. Cinco victorias en seis juegos y 18 goles por dos recibidos. Y un 4-1 a Monterrey. Ruta de monarcas.

Pero... Así apareció, por ejemplo, este mismo Tigres ante un Pachuca fragilizado en la Final de la Concachampions. Y se quedó con el traje de gala alquilado.

Este miércoles, despedazó a Rayados. Futbolística y moralmente. Las damiselas del té del 'Turco' Mohamed confirmaron que las guerras importantes las juegan saliendo de la estética.

Incluso el gol al minuto 91 para Rayados, es una ternurita de servicio de volibol de Nahuel Guzmán, más que un rechace rabioso, y que no desperdicia Basanta.

Un Gignac que había marcado dos goles en los primeros 11 juegos, suma ocho en seis encuentros, mientras que Jesús Dueñas, con dos tantos y una asistencia, se hace cargo del protagonismo funcional, en un equipo donde Javier Aquino establece la diferencia.

Insisto: Tigres es un experto en espejismos. Final de Libertadores ante un River desvencijado, una Final con América y la Final de Concachampions son relatos recientes de naufragios. Es un equipo sin palabra de honor.

No obstante, la demostración en La Liga MX, desde la emancipación ante Chivas, se convierte en la saludable referencia de que esta vez, nuevamente, puede apoderarse del control doméstico del futbol mexicano, más allá de que arredre en reclamos internacionales.

Cierto: este miércoles Rayados fue más cómplice que rival. En un bosquejo de montar dos garitas con despliegue rápido, Monterrey quedó aislado y desarticulado. Jugadores como Sánchez, Ortiz y Chará vagabundearon en la cancha, no sólo espiritualmente, sino impotentes de controlar y de ejercer el dos a uno que específicamente había ordenado Mohamed. Funes Mori a la deriva y Pabón en su obsesión de héroe frustrado.

Al final, la duda prevalece: o no fue lo suficientemente explícito, claro, confiable el discurso del 'Turco', o los jugadores son de cortas entendederas, o rechazan toda ascendencia del entrenador sobre ellos como refleja, por ejemplo, el desplante de Edwin Cardona de negarse al medio tiempo a bajar al vestuario.

En ese matrimonio del que quiere y puede con el que no quiere y por lo tanto no puede, Tigres puso potestad absoluta del encuentro y quien quiera ver una eventual reacción de Rayados fue, estrictamente, por la emboscada que montó el 'Tuca' Ferretti y que a estas alturas es de suponerse, hasta un hombre de cierta holgazanería táctica como Mohamed ya debería conocer.

4-1 que parece irrevocable. Monterrey necesita de tres goles de diferencia, y ya quedó en evidencia la fragilidad emocional y competitiva de su defensiva, empezando por los reiterados trastornos de Hugo González.

Así, con las Semifinales en el horizonte, para un equipo, insisto, sin palabra de honor, pero con elementos determinantes como personalidad, oficio, determinación y confianza, Tigres necesitaría ser una versión aún peor de sus perjuras decepciones: las finales de Libertadores y Concachampions.

Y Mohamed puede estar tranquilo. Tiene dos años más para seguir jugando flemáticamente al té, en lugar de a los soldaditos.

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LOS ÁNGELES -- En una zona tercermundista, según las consideraciones cuestionables de la FIFA, tener un plantel con jugadores pertenecientes a selecciones nacionales campeonas de América, campeonas de Concacaf, subcampeonas de Europa, futbolistas de roce europeo, perder una Final no puede considerarse de otra forma más que fracaso, un bochornoso fracaso.

Y el Tigres de Gignac, de Vargas, de Aquino, de Damm, de Pizarro, de Nahuel, de Advíncula, de Sosa, de Dueñas, fracasó en la urgencia, en la necesidad, en la obligación de ir a un Mundial de Clubes y de ganar su primer torneo internacional, aunque fuera de la rascuache -según FIFA- zona de Concacaf.

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Pachuca se coronó. Nuevamente. ¿Alguna garantía de que no continúe con su propia secuela de decepciones y fracasos en un Mundial de Clubes, y con la propia secuela de vergüenzas de equipos mexicanos en esa competencia? Tal vez la organización de los pachucos haya aprendido algo.

Pero, sin duda, quien aún no demuestra estatura para ganar este tipo de torneos es Ricardo Ferretti. Parecía que el ridículo en la Copa Libertadores lo debía haber amaestrado sobre su incompetencia en momentos críticos. Pero, en su omnipotencia, en sus egomaniacos comportamientos, él está convencido que no tiene nada que aprender.

Ante River Plate la lección fue brutal. Un equipo argentino desvencijado, desarmado por lesiones y traspasos, en una de las más pobres ediciones de la Copa Libertadores, Tigres no pudo porque, nuevamente, Tuca no supo.

Pavonearse, menearse con el plumaje artificioso del finalista ya no le sienta bien al plantel más caro y de mayor roce internacional del futbol mexicano y, evidentemente, de la Concacaf y de muchos países de América.

Es, sin duda, de mediocres frotarse ungüentos de resignación y consuelo porque se es finalista. La reincidencia en el fracaso no debe ser un aliciente, sino un castigo, y no debe ser una exaltación, sino una deshonra, excepto, claro, para directivos simpaticones y pizpiretos como el Inge Rodríguez, quien asevera complaciente y en complicidad que "no quiero un técnico que gane, sino que trabaje duro".

Debería saber que hay obreros clandestinos en Siberia que trabajan más y cobran mucho menos que el Tuca.

¿Pachuca? Deberá apurarse a decidir, sin altanería, sin soberbia, sin menosprecio, a dedicarse de lleno a la Liga MX o a comprometerse con el Mundial de Clubes.

Eso de que "podemos competir en las dos", se ha convertido en un agobiante, hipócrita, altivo y suicida epitafio de los clubes mexicanos que creen que pueden cargar con el peso de dos torneos.

Pachuca aún puede incluso rescatar este torneo y meterse a la Liguilla, pero el siguiente, el Apertura 2017, deberá manejarlo con la mayor inteligencia, si la tienen, y si les es posible.

Tigres, tras el fracaso redundante y aplastante, se perfila para quedar fuera de la Liguilla, especialmente después del fracaso de este miércoles por la noche ante Pachuca. Fue el tiro de gracia.

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