LOS ÁNGELES -- ¿Clásico? Es la bendición extrema de una extrema rivalidad futbolística. Añejada, macerada, enriquecida, con sangre, sudor, festejo y lágrimas. La histeria hace historia. La historia hace histeria.

Imago 7Y si gana Tigres no va a ser un Clásico. Y si gana el América, tampoco; ninguno necesita del otro.

Y la rivalidad, como tal, debe amamantarse continua y precisamente de sangre, sudor, festejo y lágrimas. Y tal vez, y sólo tal vez, una rivalidad extrema podrá ser un Clásico.

“¿Clásicos? Los únicos Clásicos que conozco son los cerillos”, declaró una vez Nacho Trelles, haciendo alusión a la marca más famosa de fósforos en México.

Así, El Viejo Zorro se desentendía de rivalidades extremas de los equipos que dirigió como América y Cruz Azul. Trelles odiaba etiquetar y ser etiquetado. Lo tenía claro Don Nacho: el futbol necesita sólo dos propagandistas: el gol y la victoria.

Pero, ocurrió que por la desesperación y el declive creativo de la mercadotecnia se empezaron a malbaratar los Clásicos. La degeneración u degradación de la especie.

Y se empezaron a parir los Frankenstein en la incubadora vertiginosa del absurdo: El Clásico Joven (América y Cruz Azul), el Clásico del Periférico (Televisa y TV Azteca), y hasta se quiso fomentar que los enfrentamientos entre Puebla y América, por un tiempo eran los nuevos clásicos.

La historia relata que el primer Clásico del futbol mexicano fue Necaxa contra Atlante. Después, los anales consignan el matrimonio de animadversión entre Chivas y Atlas. Y que José Antonio Roca, Guillermo Cañedo y Emilio Azcárraga Milmo elucubraron el Clásico Nacional.

Obviamente, Monterrey y Tigres no necesitaron venia ni anuencia de nadie para patentar su propio encono, pero, hasta en lo más inverosímil, Pachuca quiso hacer su propio Clásico ante Cruz Azul, por aquello del origen celeste en Jasso, Hidalgo.

Sin duda no hay nada más lamentable que el descabellado intento por pretender fortalecer una rivalidad inventando clásicos con calzador, untaditos de vaselina para que resbalen, como ahora con Tigres y América.

El Nido no necesita ornamentar las declaraciones de guerra que le llueven cada siete días. Ese edicto oportunista del #ÓdiameMás basta y sobra para que el América se convierta en el más feliz aborrecido del futbol mexicano.

Y poco favor se le hace a Tigres, pintándolo como el urgido de ser ungido para entrar al tabernáculo de clásicos de opereta del América. Le hacen ver como la mascota o la casquivana en turno de Coapa.

Tigres se ha vuelto un equipo ganador, protagonista, bajo un estilo que podrá no agradar y que es prolífico bajo un ritual oligarca de la chequera. Cartera mata carita.

Si las circunstancias han colocado a Tigres y América en situaciones definitivas y definitorias, es fruto de que, a su manera, trabajan para su propio concepto de éxito. No llegan ahí por sorteo, sino por sistema.

Por eso mismo, el enfrentamiento de este sábado entre Tigres y América, se enriquece de la libertad absoluta de que gozan ambos equipos para despreciarse, sin tener un cordón umbilical, forzado, improvisado, febril, como llamarle clásico.

Porque debe quedar claro que el odio, la animadversión, la rabia que se profesan Águilas y felinos son de autoría propia y de potestad propia. Se odian por corresponderse y no por correspondencia de los medios.

Herido el América por descalabros en torneítos fabricados en microondas para villamelones en Estados Unidos, incluso uno de ellos de manera ridícula al hacer los cuatro goles del juego y ser vencido por Tigres, con esa cruz a cuestas, sólo queda esperar un juegazo este sábado.

Y si gana Tigres no va a ser un Clásico. Y si gana el América, tampoco. Porque ninguno necesita del otro. Cada uno patrocinará su propio destino.

Si algún día, antes del Juicio Final, a fuerza de partirse el alma y romperse las redes, se da la bendición extrema de una extrema rivalidad futbolística, añejada, macerada, enriquecida, con sangre, sudor, festejo y lágrimas, entonces, y sólo entonces, ambos necesitarán divorciarse ante el altar de los Clásicos.

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Manolo Sanchís: 'El compañero que más conflicto nos creó fue Hugo Sánchez'

LOS ÁNGELES -- Manolo Sanchís era uno de los escuderos favoritos de Hugo Sánchez. Parte del Triángulo de las Bermudas que hundía acorazados de la Liga de España. Un triángulo equilátero de homicidios perfectos. El tercero en la escena era Emilio Butragueño.

Aquella Casa Blanca del Real Madrid pintaba de escarlata los marcadores y de negro los vestidores contrarios.

Este miércoles, Manolo Sanchís habló de esos hombres complicados, complejos, incómodos, pero imprescindibles en un vestidor de futbol.

Sanchís estigmatizó a Hugo Sánchez con un código de barras perniciosos: “un tipo rarito”. Así, coloquial, para describir al Pentapichichi.

Lo grave, es que Sanchís lo percudió a Hugo al arrojar, con estiércol incluido, un comparativo entre la labor de zapa de Neymar y del mexicano. El brasileño no ha hecho ni hará por el Madrid lo que hizo Hugo.

Viñeta Rafa Ramos

Ojo: los tres o cuatro despistados asiduos a esta tribuna, saben que de manera paralela al homenaje sin fecha de caducidad que merece Hugo el futbolista, también hemos relatado algunas de las manías del Hugo ante el que hasta la soberbia se sonroja.

Incluso, en esas actitudes criticables por sus compañeros, tratábamos de entender sus actitudes y las de Javier Chicharito Hernández. El texto se titulaba: “Chicharito, Hugo, y ese dulce veneno de la gloria".

Incluso, en el Mundial de México 1986, con la fortuna de hacer la cobertura directa de México y Argentina, Jorge Valdano fue implacable ante este reportero: “Hugo es uno de los mejores delanteros del mundo, de la historia… pero no me pidas que hable de él como persona, eso es distinto”.

Eso confirmaba que entre el argentino y el mexicano podía haber sociedades asesinas ante el gol, pero las personalidades vivían en vecindarios distintos, antípodas, fuera de la cancha.

Sanchís se equivoca. Y lo hace al no entender el entorno implacable hacia Hugo Sánchez en España. La empatía es el fenómenos menos empático y simpático hacia el ser humano.

Imagínese esto, hoy. El fascinante estadio Vicente Calderón abarrotado. Y bufando, con esa mezquina semilla plural germinando, esa la del racismo, la discriminación y la frustración.

Getty ImagesHugo Sánchez compartió vestidor con Sanchís en el Real Madrid.

“Indio, indio, indio”, más el “vete de aquí”, convertido en un coro imponente, amenazante, desafiante, en cuanto Hugo Sánchez era anunciado en la alineación o erraba un remate o tocaba la pelota.

“Indio, indio, indio”. Dentro y fuera del estadio. Un suplicio, un calvario. Un patíbulo y la guadaña en perturbadores decibeles. “Indio, indio, indio”.

Alguna vez, Alfonso Portugal, suegro de Hugo, me comentaba que jugando por el Atlético de Madrid, al Clan Sánchez se negaron a reservarle una mesa en un restaurante de postín en Madrid. “Indio, indio, indio”.

Portugal y su ex entrenador Diego Mercado, me comentaban la noche que todo cambió. En el hotel, Hugo se desmoronó en llanto. Un llanto histérico, de rabia. “Voy a taparles la boca”, prometió Hugo a su familia.

Y todo cambió. Hugo empezó a ser Hugo. La leyenda del Pentapichichi. Hugo cambió. Cambió en todo. Para todo. Hacia todos. Con todos.

“Había tratado de encajar, de ser aceptado en el vestidor del Atlético de Madrid. Ya no le importó. Decidió que era si batalla y que estaba solo en ella”, explicaba Diego Mercado.

Y de su historia ya conocida se regodean los mexicanos. Porque era una cita obligada, cada fin de semana, sentarse ante el televisor y esperar la chilena, el remate, el cabezazo o el cobro de tiro libre de Hugo.

El “indio, indio, indio” colonizaba, catequizaba y conquistaba el futbol de España. Pero sin fraudes. No entregaba espejitos ni cuentas de vidrio. Hacia goles de oro a cambio de oro.

“Rarito”, dijo Sanchís para definir a los tiempos complicados en el vestidor. “Rarito” y le puso nombre, apellido y prototipo, estereotipo, paradigma: Hugo Sánchez.

¿Cuántos miembros de ese Real Madrid memorable habrán entendido la terrible batalla que debía librar Hugo cada día, cada entrenamiento, cada partido? Ninguno. ¿Quién se iba a poner en los zapatos gastados de lucha de un “rarito”?

¿Cuántos de La Quinta del Buitre habrían sobrevivido, eventualmente a un orfeón depredador como el del Vicente Calderón con ese grito de “indio, indio, indio”, que pretendía ser humillante? Ninguno. Esas rareces eran sólo de “raritos”.

Sanchís se equivoca aún más, insisto, en querer confraternizar a una leyenda como Hugo, con un mito como Neymar.

Y aunque no necesito aclararlo, vale pena enfatizarlo. No puedo arrobar a Hugo Sánchez con este artículo. Me tiene bloqueado en Twitter. Disentimos totalmente desde su época como entrenador del Tri. Y así estamos bien.

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LOS ÁNGELES -- Dos equipos despojados comandan el torneo mexicano: Querétaro y América. En los dos limpiaron las nóminas y las finanzas.

Pero, aún desplumados, Gallos Blancos y Águilas, acaudillan la Tabla General sintiéndose pavorreales.

Claro, hay diferencias. En el gallinero de Víctor Manuel Vucetich había más espolones que pedigrí gallináceo. En el América, Miguel Herrera hablaba oligárquicamente de “trabuco”.

A Vuce le avisaron que había austeridad. Pidieron millones de dólares por Novaretti, Sanvezzo, Villalva y Samudio, y con unos miles se hicieron de desechos: Triverio, Escoto, Aboagye, Lucumí y Ayron, más el pilón Pereira.

Pero si en Querétaro sanearon finanzas, en El Nido están metidos en operaciones de compra y venta.

Viñeta Rafa Ramos

A El Piojo le arrebataron a Edson, Marchesín y Uribe, mientras los promotores de Roger Martínez y Guido Rodríguez, tratan desesperadamente de colocarlos esta misma semana en Europa. ¿Oribe Peralta? Un abuso contra las pizpiretas y bobaliconas Chivas.

Y agregue lesiones: Aguilera, Giovani, Castillo, Martín, y que el Pizzero Benedetti está lento en la entrega de mercancía. ¿Guillermo Ochoa? Según Herrera aún no conoce los misterios del trabajo táctico de Coapa.

Como sea, ambos entrenadores tienen su mérito. A Vucetich le arrebataron la columna vertebral, y las prótesis que ha colocado le han permitido consolidar un equipo eficiente: 13 de 15 puntos disputados.

Herrera ha sido claro después de vencer al Morelia. “Corren y meten (fuerte la pierna)”. Y ante las ausencias y las exigencias América debe sumar bajo el dogma drástica de “como sea”.

Si bien ante los Gallos, se respeta la jerarquía de Vucetich, no hay esa dramática sublimación que existe cuando se enfrenta a El Nido. Hay de plumajes a plumajes.

Cínicamente, desvergonzadamente, el jugador de futbol, y el mismo entrenador, saben que de vencer al América pueden vivir ese torneo cómodamente.

Como ejemplos revisemos los dos recientes juegos. Del Toluca impresionante ante las Águilas, al que dio lástima ante Monterrey, hay un abismo de testosterona en el futbolista.

Y así como los Diablos dejaron de ser tristes diantres ante América, lo mismo ocurrió con Morelia. El mejor partido de las mariposillas Monarcas lo dieron este fin de semana, pero ni aún así salvaron al capullo Torrente.

Vucetich ratifica la mano sabia de su trabajo. Organiza al equipo, le da orden y confianza, dialoga con el jugador, le raspa el rescoldo mental que lo bloquea y lo manda a la cancha rejuvenecido.

Vaya, si alguna vez hasta a Ronaldinho lo medio disciplinó y hasta lo hizo correr y marcar, qué no puede conseguir el ex Rey Midas del futbol mexicano.

Miguel Herrera por su parte, había armado un trabuco. Había conseguido, finalmente, rescatar a Mateus Uribe, y pulir los diamantes en bruto, pero muy en bruto, que eran Ibarra, Ibargüen y Roger Martínez.

Vaya, hasta a Jiménez lo ha convertido en un portero confiable, y no sabe cuándo llegará a utilizar a Guillermo Ochoa, y es capaz de permitirse de titular a un Paul Aguilar que hace tiempo que se convirtió en un lateral que defiende poco y ataca menos.

Y sin embargo, insisto, los dos desplumados, Gallos y Águilas, han tomado el control del torneo.

Ojo, que América verá agravadas las circunstancias con cuatro juegos en diez días: Tigres dos veces, y enseguida Pachuca y Atlas, mientras buscan a dos refuerzos para tratar de rescatar el término trabuco.

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LOS ÁNGELES -- Cuando Chivas jugó a no perder, perdía 4-1 con el León. Cuando Chivas decidió no ser humillado, casi humilla al León.

Pero la pusilanimidad no gana partidos, acaso consuelos. Y Chivas se unta las llagas de la derrota con ese ungüento amargo e hipócrita de “perdimos con dignidad”.

León 4-3 Chivas. El epitafio del Guadalajara pudo ser muy diferente, casi escandaloso. Pero el arbitraje sigue, extrañamente, acariciando el pelaje del Rebaño al perdonar segundas amarillas y expulsiones a Van Rankin y a Jesús Molina.

Tomás Boy es dos veces villano. Primero porque inmola a su equipo echándolo al fondo tras el 1-1. Sentía que era el salvoconducto a la supervivencia, al indulto. Segundo porque es aún más villano al confirmar el horror del planteamiento inicial y recular sobre el mismo.

Con el 4-1, con el marcador ridiculizando, caricaturizando a Chivas, Tomás Boy decide que su acta de defunción del sábado por la noche no incluya en rojo la palabra cobardía.

¿O los mismos futbolistas del Guadalajara se amotinaron y empezaron a jugar contra el pizarroncito de Boy?

Cuatro minutos antes del 4-1, se había atrevido a sacar al errante y errático Oribe Peralta, el mayor embaucamiento, el mayor fraude que América ha perpetrado contra Chivas.

Tomás Boy técnico de Chivas (Futbol México)
Leopoldo Smith/Getty Images

Con Alexis Vega por el jubilado Peralta, Guadalajara ya jugaba con once aunque debía hacerlo con nueve, por las expulsiones condonadas a Van Rankin y Molina, de manera escalofriantemente absurda, por el árbitro Jorge Isaac Rojas.

Ocurrió la transfiguración. Y el estadio León pasó de la noche festiva, del coro perturbador, insistente, prolongado, pidiendo el quinto gol del vendaval esmeralda, a ese silencio ominoso del terror.

Chivas se reveló rebelándose a su destino de ser masacrado. Marca Pulido de penal a los ’79 (4-2), sin faramallas, brinquitos, ni saltitos coquetones, y en la agonía Alexis Vega corona su gestión con el 4-3.

Tuvo más Chivas. Tuvo para más Chivas en los minutos finales. Remates desviados, en especial un cabezazo de contorsionismo rapero por parte de Jesús Molina, y el balón se fuga con una lágrima de desdén cerca del poste derecho de Cota.

¿Qué los leoneses defendieron siempre el futbol, hicieron la propuesta, mostraron la etiqueta del que sabe jugar a este deporte? Muy cierto.

¿Que el León se descompuso con la liviandad del 4-1 y con la irresponsable fascinación de ir por el 5-1? Muy cierto.

¿Qué los Panzas Verdes enloquecieron en la voracidad de, viendo la pichón rojiblanco, querer marcar todos un gol, hasta el mismo Cota? Muy cierto.

Pero, Chivas, al menos, insisto, se embadurnó la herida de la derrota con esos fomentos conformistas de perder con la dignidad sin tanto salpullido de deshonra. Del 4-1 al 4-3.

Pero, Tomás Boy sabe que es convicto de sus equivocaciones. Por minutos, Alexis Vega le demostró que está por encima de ese capricho hormonal y sospechoso por Oribe Peralta.

Y sus jugadores, por minutos, le demostraron a Tomás Boy que se creen, se sienten, se saben de ser capaces de más, de lo que el mismo técnico los subestima.

¿Aprendieron todos la lección? Boy a soltarse los lastres de sus pánicos. Los jugadores a amotinarse si es necesario para salvar al equipo. Y Oribe Peralta que deje de arrastrar y pisotear la imagen que dejó en Santos, América y el Tri.

Ante Necaxa se verá…

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LOS ÁNGELES -- Ruta crítica para el América. Pululará más tiempo en aeropuertos, traslados y salas de espera, que en la cancha. Un maratón de emboscadas.

Un Vía Crucis: Atlanta United (Copa Campeones), Morelia, Tigres dos veces (Copa de las Ligas y Liga Mx), Pachuca y Atlas. El periplo, entre el miércoles 14 de agosto y el viernes 30 de agosto.

Mientras sondea videos y currículos, buscando refuerzos, en El Nido arman una logística compleja para sortear con éxito y con éxitos seis juegos, cuatro de ellos de peso en La Liga.

El anaquel se le vació a El Piojo. Edson Álvarez, Agustín Marchesín, Mateus Uribe fueron vendidos, y Roger Martínez envía videos de sus pocos y mejores goles hasta a la segunda división de Gales y San Marino con tal de regresar a Europa.

Mientras tanto, con Emanuel Aguilera entre algodones, al igual que Nico Castillo y el Pizzero Benedetti, en El Nido tratan de acomodar a Jeremy Ménez, incluso abaratándolo, para librarse de la plaza y de su salario.

Sin embargo, América ha hecho frente a dos juegos de alta exigencia y los ha resuelto con victoria: Xolos y Toluca, el primero por un plantel fortalecido, y el segundo, por el director técnico, y cuyo plantel dio la mejor exhibición del torneo.

Mauricio Salas/Jam Media/Getty ImagesAnte las ausencias por venta o lesiones, Miguel Herrera ha fortalecido la forma de jugar al futbol.
Sin faltar a sitios de protagonismo, con un campeonato incluso, Miguel Herrera patentiza su habilidad para dejar simientes y fortalecer cimientos.

Y, futbolísticamente, en medio de tantas ausencias, el América se muestra mejor. Ha depurado su estilo de juego, y al ganar en precisión y comprensión, gana en velocidad y dinámica en sus transiciones en la cancha.

La evolución de un Guido Rodríguez decepcionante en su primer torneo, a la consolidación absoluta como capataz en la Liga en su puesto. En junio, creen en América, se irá a Europa.

Y se agrega la inesperada evolución de Renato Ibarra, quien ha pasado de ser un fondista tozudo, impreciso, a mejorar sus servicios al área y lleva la misma cantidad de goles (2) en estas cuatro fechas que en los tres torneos anteriores.

Y al hablar de esa ruta crítica de seis juegos en 17 días, el forzado proceso de recuperación, la incomodidad de los viajes, la expectación y las expectativas no reducen en torno al americanismo.

Ciertamente, aun sabiendo que América debe ganar todo, Miguel Herrera deberá ser cauto para administrar los ritmos y los riesgos de lesiones, más allá de que suele tener planteles bien preparados físicamente y que aún La Liga no llega a los tiempos de alta exigencia.

Menos osado tal vez que Ricardo LaVolpe quien arrojó --con éxito--, a Edson Álvarez y Diego Láinez a las fieras, pero El Piojo ha mostrado que tiene un batallón de imberbes a los que quiere administrar y sin precipitaciones.

Sin duda, a las ausencias por venta o lesiones, Miguel Herrera ha fortalecido la forma de jugar al futbol, y así como en su momento no extrañó a Mateus Uribe por su baja de juego tras problemas familiares, ahora tampoco lo hace con Edson Álvarez.

Claro, ahora el gran desafío de Miguel Herrera pasa por encima de las dificultades, por ejemplo, que tuvo ante Xolos y Toluca, ya con ausencias notorias, y con los adversarios, como psas siempre, sublevados, exaltados por ese código insultante del #ÓdiameMás.

Con esta cruzada por delante, el agotamiento y la tirria evidente de los adversarios, la mejor manera de manipular los efectos de ese trasiego, serán los buenos resultados, y de no darse plenamente, manejar con pinzas de odontopediatra, los momentos anímicos, morales y físicos del grupo.

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LOS ÁNGELES -- A Miguel Herrera se le caen más soldaditos. Y a Ricardo LaVolpe le resucitan sus muertos. Aun así, Toluca 0-1 América.

Piojosa suerte la del Piojo: Roger Martínez sigue tocando puertas de barrios pobres en Europa y aún no sabe si Guido Rodríguez estará listo para su Vía Crucis de cinco partidos en casi dos semanas, dos de ellos ante Tigres.

LaVolpe vio un espejismo, cortesía del #ÓdiameMás: sus hombres le ofrecieron el mejor juego de esta nueva gestión. Porque el efecto del alucinógeno emblema del americanismo dura sólo 90 minutos.

En la Jornada 5, Toluca visita a Monterrey: la cabeza sin jinete se mete a la casa del jinete sin cabeza. Otra vez, Diablos sin azufre.

Gol de Ibarra marca la diferencia. El ecuatoriano tiene los mismos goles este Apertura 2019 que en los tres anteriores torneos de Liga. Y goles con botín completo, goles con puntos. Parece honrar su nombre: Renato, "re-nacido".

Insisto, en Toluca, los diantres volvieron a ser Diablos. Vaya, hasta Pardo, jugadorcito de nivel pardo, tuvo su jornada brillante, como el mejor escarlata. Generó tantos preludios de gol, pero no consiguió ninguno.

Un Toluca distinto. Se sublimó ante el América. Con las candilejas encima, los actores mediocres aspiran a un Óscar. Será tarea herculina de LaVolpe conseguir que estos Diablos no vuelvan a ser ánimas en pena.

Ante semejante volumen de sublevación, América requirió de héroes. El portero Jiménez y Bruno Valdez arruinaron la jornada del ataque toluqueño. Levantaron un dique y apuntalaron el cero.

Y agreguemos que el árbitro Isaac Rojas no se atrevió a embadurnar de rojo al zaguero paraguayo, por una clarísima segunda amarilla que le perdonó.

Pero, el gol de Ibarra, del renacido Renato, cambió la historia. Caracoleo y disparo por entre las piernas poco recias en la marca de su paisano Chalá.

Antes y después del gol, Toluca fue mejor. Con una línea de cinco casi impecable, con esa elasticidad de acordeón o bandoneón, que tanto depura LaVolpe, impuso condiciones antes del gol, y en el recambio tras el gol en contra, LaVolpe tenía la manija del equipo.

Pero, a estas alturas, ni El Piojo ni su equipo se aterran ni se ponen nerviosos. El 1-0 era diploma de victoria, especialmente para estos dos entrenadores, tanto LaVolpe como Herrera, que han hecho del Lapuentismo, ese que tanto criticaban y odiaban, su mejor recurso.

El parte médico inicial sobre Guido Rodríguez, al ponerle punto final a este texto, era de una molestia que necesitaría de dos o tres días de rehabilitación, hasta que este lunes se revise más en detalle.

Por lo pronto, América se mantiene en el penthouse de los protagonistas del torneo, mientras que el Toluca sigue ahí, hermanado en la mediocridad con el Veracruz, el Pachuca y el Puebla, con sólo un punto de 12 posibles, perfilándose para ser uno de los peores inicios de LaVolpe.

Insisto, ante Monterrey será eso, el duelo de una cabeza sin jinete, ante un jinete sin cabeza, y LaVolpe ha perdido el saludo y las sonrisas del dueño del Toluca.
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LOS ÁNGELES -- El Nido en llamas. Y el Infierno, también. Toluca les prendió fuego. El Diablo es un pirómano por destino y por vocación. 3-2, a fuego, en el pecho del América.

Y mientras el Diablo se asoma al cielo de la Liguilla, el América aún no puede ni balbucear ni silabar cla-si-fi-ca-ción. El sueño de uno es la pesadilla de otro. Uno todo que ganar, otro todo que perder.

3-2, el Infierno de fiesta en el santificado Domingo de Resurrección. Paradojas inocentes del fútbol. Y claro, Judas llegó con atraso, pero puntual a la traición y a su tradición: Luis Enrique Santander hizo negocio, recibió 30 monedas por sus neuronas... al nacer.

Viñeta Rafa Ramos

Jornada espectacular. Las divinidades y las aberraciones del futbol en ese drama de 90 minutos: grandes goles, grandes atajadas, grandes los postes, grande la entrega, grande la astucia y mezquindad táctica del maestro LaVolpe y su escolapio Herrera.

Y claro grandísimos, pero requetegrandísimos... mequetrefes los que asigna la Comisión de Arbitraje para el VAR y para la cancha, con el propósito de ejercer la justicia, peor encontrando los caminos torcidos para corromperla.

Cierto: el Toluca jugó el mejor partido del torneo. El Diablo Mayor --caracterización gratuita en el caso de LaVolpe--, envió a su horda de diantres a su jornada de consagración.

Claro, LaVolpe les recordó que la presa es el manjar más codiciado por el canibalismo de la Liga MX. El menú incluía fiambre del #ÓdiameMás. Y se atascaron de gula.

En el contraste, América herido de ausencias, algunas físicas y otras mentales (¿en dónde deambulas Mateus Uribe?). Menéz, Castillo, Oribe, Benedetti, Ibarra y contando.

Con Toluca, hasta quienes el viernes usaban muletas, se reportaron con temple de espartanos. El tónico reconstituyente del #ÓdiameMás, obra milagros. En casos como el de este domingo, garantiza contratos.

El partido y la partida prometía ser trabado. Muchos peones y pocos alfiles. Pero, al minuto cinco, Mancuello puso la soga en ese cuello donde una vez puso la mano su ex técnico Hernán Cristante: en el cogote de Miguel Herrera.

Y ahí, a partir de ese gol que toma de bobalicones a Bruno Valdez y a Emanuel Aguilera, el juego prefabricado en los pizarrones, se va al demonio, por culpa de los demonios escarlatas. Y fue, a partir de ahí, a puro regocijarse desde fuera, con el averno crepitante de la cancha.

Cierto, Santander, embajador del descrédito, la deshonra y la ruindad arbitral, auxiliado cabalmente por los bártulos del VAR, en su torpeza, colaboró para agregarle ese estrujante sabor de la sospecha, de la rabia, de la indignación, para lo que se debe ser o bastante maquiavélico o suficientemente alcornoque. O ambas cosas.

La lista de pecados de Santander durante los 90 minutos no se expía en una Cuaresma. Perdona tarjetas, se niega a marcar penaltis, hace de la Ley de la Compensación un catálogo de injusticias. Y claro, desde el bunker ambulante del VAR le crean más conflictos para discernir.

Roger Martínez y Sebastián Córdova ponen arriba al América, pero LaVolpe ya tenía el antídoto en la cancha al descubrir una zona muerta del América. Envía a Alexis Canelo, jugador líder del Club Anonimato FC (zombi en Chiapas y Puebla), pero quien pepena dos balones en el corazón del área americanista.

América intenta, aprieta, se angustia, se desespera, y al final se entera que su monarquía vigente está tan firme que hasta Lobos BUAP lo tiene a tiro de piedra en la carrera rumbo a la Liguilla, además claro del mismo Toluca, Tijuana y Puebla.

Al final, LaVolpe se saluda con todos. Luzbel bendice a sus diantres en el Infierno, pero la estampa final, en un cameo, en una toma de televisión es la más genuina: esa sonrisa egoísta, ególatra, propia, íntima, de que para él, la victoria, va más allá del marcador, de la Tabla General, del torneo mismo, va hasta ese predio personal donde el orgullo arma su propio carnaval.

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