Todos los caminos se le fueron cerrando al argentino en México. No hubo una llamada de la FMF, no sobraron ofertas de clubes. El entrenador que había tenido un indudable éxito en las Chivas estaba pagando las consecuencias de haberse revelado y haber exigido lo que le correspondía a él y a sus colaboradores por un contrato. Chivas cobró venganza de Almeyda hasta provocar su destierro, su desarraigo, su huida a la MLS...

SAN DIEGO, CA -- A Matías Almeyda lo 'mató' --con comillas o sin ellas-- lo mató Chivas.

Y aunque el Guadalajara jura y perjura que no es el responsable directo del destierro del argentino, yo, la verdad, no les creo.

El futbol mexicano es así. Suele manejarse de esta forma. Cualquier futbolista o entrenador que intente lastimar o vaya por encima de sus intereses, queda congelado y ex exhibido como un ejemplo para el resto. Es una muestra de poder. Nadie puede o debe atreverse a hacerlo.

Lo increíble del tema es que a pesar de su gran éxito --porque, indudablemente lo tuvo-- en un club que sólo utiliza futbolistas mexicanos, el argentino no fue ni siquiera considerado como uno de los candidatos a dirigir a la selección mexicana. ¿Por qué? ¿Cuál fue el verdadero motivo? ¿Quién lo decidió? ¿Qué tipo de influencia lo concluyó así? El hecho de que Almeyda no haya sido tomado en cuenta para los planes de la selección mexicana en una época donde el puesto de entrenador está vacante me podría parecer hasta como una especie una derrota personal del Guadalajara.

A Almeyda le han cobrado cada factura de su enredada salida de Chivas. La relación se desgastó a medida que los acontecimientos avanzaban. Era un asunto en el cual, además de dinero, se involucraba orgullo. Tal parece que el club aguantó hasta el final para cobrar su 'venganza'. Los reflectores señalan hacia un personaje: José Luis Higuera, el siniestro presidente del equipo con quien Almeyda se había enemistado desde el momento en que Jorge Vergara se separaba de la vida activa en el club, Amaury Vergara no tomaba la fuerza necesaria y las cosas no estaban claras en cuanto a la separación de las determinaciones deportivas y administrativas. Almeyda y su grupo colaboradores argentinos tenían, al final del día, más poder que cualquiera en Chivas. La 'cacería' de Higuera habría comenzado; sin Vergara, todo comenzaban a derrumbarse para Almeyda.

Y Chivas entraba, enseguida, en un 'juego de poderes' extraños: La llegada de Paco Gabriel de Anda; la cara de Almeyda el día en que lo presentaron y la extraña media sonrisa de Higuera. El objetivo era restarle poder a Almeyda, debilitarle y obligarle a dejar al club. Para eso llegó Paco Gabriel, para eso fue utilizado por Higuera que, al final, también terminó aniquilando a su recién nombrado director deportivo. ¿Dónde quedó la pelota? En los pies de José Luis Higuera, que de paso se daba el tiempo para avanzar en el lobby federativo y cuyas recomendaciones e insinuaciones podrían haber afectado la imagen de Almeyda como posible candidato a la selección mexicana.

El tema personal --la forma en que su familia, sobre todas sus hijas, se adaptaron a Guadalajara-- terminaron propiciando que aceptara una oferta en la MLS. La idea de Almeyda era quedarse a dirigir en México. Los caminos, extrañamente, se le fueron cerrando. Nadie llamó de la FMF, ningún club ofreció algo importante. Estaba claro que Chivas había puesto el candado sobre la puerta.

Almeyda terminó desterrado. Chivas dice que no tuvo nada que ver. Yo, la verdad, no les creo... Me parece que el futbol mexicano ha aplicado otra vez su política sucia de vetar a quien no se someta a sus condiciones. El mensaje ha sido, nuevamente, muy claro: aquel que se queje, que se revele, sufrirá las consecuencias.

@Faitelson_ESPN

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Pumas y Tigres se quedaron en cuartos de final de la Copa MX. El América hizo una semana antes. Los llamados “grandes” parecen tener sus reservas cuando se trata de doblar las manos y admitir la derrota.

En medio de ello, una casi eterna polémica sobre cómo y quien determina la “grandeza” de un club en el futbol mexicano. La realidad es todo debe salir de una responsabilidad y de un compromiso, cosa que los futbolistas y los entrenadores muchas veces prefieren rehuir que enfrentar...

Hay un terrible miedo en el futbol mexicano a decir, simple y sencillamente: “Fracasamos”. Ni David Patiño, ni Ricardo TucaFerretti dieron ese paso al frente anoche, mientras Pumas y Tigres se despedían de la posibilidad de alcanzar las semifinales de la Copa MX. Casi al mismo tiempo, el futbol mexicano vive en su casi eterna confusión sobre quien “grande”, “mediano”, “pequeño” o de plano “no existe”. La realidad es que Tigres, Pumas y desde la semana anterior, el América, han fracasado en la Copa MX. Lo que me parece pasmoso es que algunos equipos pretendan ser “grandes” cuando ganan y “pequeños” cuando afrontan una derrota. Admitir un fracaso no es sencillo para nadie, ni en el futbol ni en la vida misma. La mayor parte son “grandes” cuando les conviene.

Hasta hace no mucho, en el futbol mexicano existía la creencia de que sólo había 4 “grandes” y poderosos, equipo que combinaban títulos con una gran cantidad de aficionados. América, Chivas, Cruz Azul y Pumas “comían” en una mesa aparte.

Pero los tiempos cambiaron. Llegaron los torneos cortos y con ellos campeones “exprés”; dos monarcas por años calendario con lo cual --perdone usted la palabra- se prostituyó el trofeo del futbol mexicano.

La dificultad de ser uno de los mejores en un torneo largo y luego triunfar en una liguilla se transformó por las necesidades de mercadotecnia. Torneos “al vapor” y campeones en “horno de microondas”. Y a partir de ahí, a los “4 grandes” se unieron otros: El Toluca dominó gran parte del inicio del siglo y también el de los campeonatos cortos y luego se agregaron Pachuca y Santos además del poder económico de los clubes regiomontanos.

Es imposible comprar al futbol mexicano con otra Liga del mundo. Al mismo tiempo en los torneos cortos generaban más campeones, también, hay que decirlo, la Liga se equilibro en cuanto a las condiciones económicas de los clubes.

Al América le decíamos “el cuadro milloneta”, cuando hoy, media docena de equipos o hasta mas tienen la misma capacidad -o mayor-que el América para invertir en el futbol. Aparecieron empresas, empresarios, marcas y el futbol mexicano, me parece, creció para bien en ese sentido. La pregunta es ¿Cuál es la fórmula para determinar que equipo es “grande”? ¿Los títulos? ¿los aficionados? Pumas no tiene tantos títulos como el Toluca, pero tiene mucho más aficionados. Cruz Azul tiene 21 años sin ganar un campeonato y plaza a donde se presenta levanta suspiros y genera pasiones.

¿Cómo no decirle “grande” a Tigres con todo lo que ha ganado y la clase de cuadros que ha montado? Y si a eso vamos, entramos en otro renglón: darle la responsabilidad al equipo en dependencia del material con que cuente o de las condiciones que le rodean.

Por ejemplo: hay quien dice que a Pumas no se lo puede exigir porque no cuenta con la misma calidad y amplitud en plantel que Cruz Azul, América o Tigres o que a Chivas hay que darle un tratamiento equipo especial: juega sólo con mexicanos a pesar de que los tiempos del futbol mexicano indican hacia otra dirección.

Es decir, “grandes” con asterisco, una excepción, una salvedad. Yo creo que eso no existe y es, al final del día, miedo a tomar compromisos. La “grandeza” en el futbol es relativa, pero tiene una formula invariable: admitir responsabilidades. Soy un “grande” y por eso fracasé. Es tan difícil admitirlo. Lo fue, al menos, para David Patiño y para Ricardo Ferreti, durante la noche copera del miércoles. En el futbol se gana y se pierde. Fracasar debe ser tan común como triunfar, pero es algo que tiene que ver con el ser humano y con la responsabilidad, el compromiso, sobre todo cuando se involucra el orgullo. Un club de futbol admite la “grandeza” con suma facilidad. El fracaso, lo rechaza, lo esconde, le tiene miedo.

@Faitelson_ESPN

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Pumas y Tigres se quedaron en cuartos de final de la Copa MX. El América hizo una semana antes. Los llamados “grandes” parecen tener sus reservas cuando se trata de doblar las manos y admitir la derrota.

En medio de ello, una casi eterna polémica sobre cómo y quien determina la “grandeza” de un club en el futbol mexicano. La realidad es todo debe salir de una responsabilidad y de un compromiso, cosa que los futbolistas y los entrenadores muchas veces prefieren rehuir que enfrentar...

Hay un terrible miedo en el futbol mexicano a decir, simple y sencillamente: “Fracasamos”. Ni David Patiño, ni Ricardo TucaFerretti dieron ese paso al frente anoche, mientras Pumas y Tigres se despedían de la posibilidad de alcanzar las semifinales de la Copa MX. Casi al mismo tiempo, el futbol mexicano vive en su casi eterna confusión sobre quien “grande”, “mediano”, “pequeño” o de plano “no existe”. La realidad es que Tigres, Pumas y desde la semana anterior, el América, han fracasado en la Copa MX. Lo que me parece pasmoso es que algunos equipos pretendan ser “grandes” cuando ganan y “pequeños” cuando afrontan una derrota. Admitir un fracaso no es sencillo para nadie, ni en el futbol ni en la vida misma. La mayor parte son “grandes” cuando les conviene.

Hasta hace no mucho, en el futbol mexicano existía la creencia de que sólo había 4 “grandes” y poderosos, equipo que combinaban títulos con una gran cantidad de aficionados. América, Chivas, Cruz Azul y Pumas “comían” en una mesa aparte.

Pero los tiempos cambiaron. Llegaron los torneos cortos y con ellos campeones “exprés”; dos monarcas por años calendario con lo cual --perdone usted la palabra- se prostituyó el trofeo del futbol mexicano.

La dificultad de ser uno de los mejores en un torneo largo y luego triunfar en una liguilla se transformó por las necesidades de mercadotecnia. Torneos “al vapor” y campeones en “horno de microondas”. Y a partir de ahí, a los “4 grandes” se unieron otros: El Toluca dominó gran parte del inicio del siglo y también el de los campeonatos cortos y luego se agregaron Pachuca y Santos además del poder económico de los clubes regiomontanos.

Es imposible comprar al futbol mexicano con otra Liga del mundo. Al mismo tiempo en los torneos cortos generaban más campeones, también, hay que decirlo, la Liga se equilibro en cuanto a las condiciones económicas de los clubes.

Al América le decíamos “el cuadro milloneta”, cuando hoy, media docena de equipos o hasta mas tienen la misma capacidad -o mayor-que el América para invertir en el futbol. Aparecieron empresas, empresarios, marcas y el futbol mexicano, me parece, creció para bien en ese sentido. La pregunta es ¿Cuál es la fórmula para determinar que equipo es “grande”? ¿Los títulos? ¿los aficionados? Pumas no tiene tantos títulos como el Toluca, pero tiene mucho más aficionados. Cruz Azul tiene 21 años sin ganar un campeonato y plaza a donde se presenta levanta suspiros y genera pasiones.

¿Cómo no decirle “grande” a Tigres con todo lo que ha ganado y la clase de cuadros que ha montado? Y si a eso vamos, entramos en otro renglón: darle la responsabilidad al equipo en dependencia del material con que cuente o de las condiciones que le rodean.

Por ejemplo: hay quien dice que a Pumas no se lo puede exigir porque no cuenta con la misma calidad y amplitud en plantel que Cruz Azul, América o Tigres o que a Chivas hay que darle un tratamiento equipo especial: juega sólo con mexicanos a pesar de que los tiempos del futbol mexicano indican hacia otra dirección.

Es decir, “grandes” con asterisco, una excepción, una salvedad. Yo creo que eso no existe y es, al final del día, miedo a tomar compromisos. La “grandeza” en el futbol es relativa, pero tiene una formula invariable: admitir responsabilidades. Soy un “grande” y por eso fracasé. Es tan difícil admitirlo. Lo fue, al menos, para David Patiño y para Ricardo Ferreti, durante la noche copera del miércoles. En el futbol se gana y se pierde. Fracasar debe ser tan común como triunfar, pero es algo que tiene que ver con el ser humano y con la responsabilidad, el compromiso, sobre todo cuando se involucra el orgullo. Un club de futbol admite la “grandeza” con suma facilidad. El fracaso, lo rechaza, lo esconde, le tiene miedo.

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Mirada: Lo que importa... es el negocio

Eso ha hecho el futbol mexicano ante los graves actos de violencia o terror que se vivieron el domingo en Monterrey previo al Clásico. Ni la Liga MX, ni la FMF, ni Tigres, ni Rayados parecen determinados a tomar decisiones drásticas ante un escenario verdaderamente drástico. El futbol mexicano prefiere 'lavarse las manos' y afirmar que la situación ocurrió lejos del Estadio. Bonilla, de Luisa, Miguel Ángel Garza y José González Ornelas han turado el balón a las autoridades.

SAN DIEGO, CA - Lavarse las manos. Esa fue la postura del futbol mexicano ante los actos de violencia --terror o barbarie, serian calificativos más indicados-- que propuso la jornada del domingo previo al Clásico entre Tigres y Rayados.

La primera reacción consiste en taparse, esconderse, lavarse las manos. Enrique Bonilla, el presidente de la Liga MX, dice que no habrá sanciones contra Tigres y Rayados. "Son pandilleros que se ponen las playeras de nuestros clubes. Fue a kilómetros del estadio".

Impresentables las palabras del señor Bonilla. La Liga MX tendría que estar preocupada e interesada en el tema. Con lo que se vio ayer en Monterrey... ¿Quién se acercará con su familia a un estadio del futbol mexicano? ¿Qué imagen da el futbol mexicano hacia el mundo?

Un escueto boletín de los dos clubes. ¿Eso es lo único que piensan hacer Miguel Angel Garza y José González Orenelas?

Claro que tendrían que existir sanciones. Sanciones radicales a partir de un incidente radical. Lo primero que tendría que hacer la FMF es reevaluar si en verdad vale la pena llevar el juego de la Selección Mexicana ante Costa Rica a Monterrey y luego, quitarle los puntos que ganaron el domingo Tigres y Rayados. Ninguno de los dos clubes se los merece.

Amanecer el lunes en terapia intensiva por un simple juego de futbol... esa sí que es una estupidez.

La violencia en México no la genera el futbol. La violencia existe en la calle, en el barrio, en el metro, el autobús, pero el futbol ha consentido --y lo sigue haciendo-- con ciertas conductas y situaciones que han permitido que lleguemos a escenarios de caos y de terrorismo como ocurrió el domingo por la tarde en los alrededores del Estadio Universitario de Monterrey. El futbol mexicano no ha hecho lo necesario para contener y erradicar a esos grupos de animación que se hacen llamar barras. La mayor parte de los clubes patrocina, alienta y hasta utiliza a esos grupos de vándalos, vagos, sinvergüenzas, irresponsables y buenos para nada. Esos mismos que bajo los nombres de 'Libres y Locos' o de 'La adicción' terminan transformando a las tribunas y a las calles del futbol en escenarios de guerra y de barbarie. Llegó el momento de erradicarlos. ¿Para qué necesita el futbol a las barras?

Recuerdo aquellos domingos de sol en el estadio, con familias, abuelos, papas, niños siendo parte de la fiesta. Han desaparecido. Algunos explican que es parte de un fenómeno social que nada o poco tiene que ver con el futbol. Y está bien, aceptémoselo así, hay un deterioro social, pero los clubes tienen el derecho y también la obligación de cuidar y hasta de educar a través de un espectáculo, de que se respeten los reglamentos y de que no se confunda la pasión con el fanatismo.

Hace tiempo que los brotes de violencia aparecen en diferentes escenarios del futbol mexicano. Hace tiempo que se minimizan o que se permuta la responsabilidad a otros. La imagen del futbol mexicano no puede ser la de un muchacho joven --un ser humano-- tirado en la calle, desnudo, con marcas de apuñalamiento en las costillas y un charco de sangre a su alrededor.

Los clubes necesitan ponerse a trabajar, con la misma profundidad y ahínco que utilizan para reforzar un plantel, contratar un futbolista o un entrenador. Hay que generar consciencia, educar, hablar con los aficionados, convencer a los pseudo aficionados. Su labor es prevenir situaciones como las que ocurrieron el domingo en Monterrey.

Las barras pueden y deben desaparecer. Ya lo hizo Jorge Vergara en Chivas y no pasó nada. A raíz de que lo hizo el equipo más popular del futbol mexicano, lo pueden hacer lo demás. El futbol es un entretenimiento, un juego, algo lúdico, trivial, divertido. No un campo de batalla, donde te a vas a jugar la vida vestido con la camiseta de tu equipo favorito.

El futbol mexicano renuncia a su responsabilidad de tomar decisiones, Ha sido cómodo, pasivo, timorato y ha dejado el balón en los pies de las autoridades.

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El marcador lo da a conocer Yon de Luisa en cuanto a la búsqueda de un entrenador para la selección mexicana de futbol. Informa el presidente de la FMF que han entrevistado a casi 25 potenciales candidatos para el Tri y que en breve tendrán una determinación. Lo que se sabe --o se intuye-- es que hay dos finalistas en la pesquisa federativa. Uno es 'El Tuca' y el otro 'El Tata'...

CIUDAD DE MEXICO -- Otra inminente goleada para la selección mexicana. Candidatos entrevistados al puesto de entrenador: 24. Proyectos: 0.

Yon de Luisa, el todavía flamante presidente de la Federación Mexicana de Futbol, ha asegurado este viernes, en Guadalajara, que se han realizado 15 entrevistas presenciales y 9 telefónicas con potenciales candidatos a dirigir a la selección mexicana. También, alabó el trabajo de Guillermo Cantú, de Gerardo Torrado y de Denisse Te Klose y le agradeció a Tigres toda su colaboración para prestar a Ricardo 'El Tuca' Ferretti como entrenador interino.

La realidad es que, más allá de que Cantú y su gente hayan cumplido con su labor, la cifra de entrevistados me parece sumamente exagerada. Se sabe también --de acuerdo con el periodista Ruben Rodríguez de la cadena Fox-- que el holandés Louis Van Gaal rechazó un posible ofrecimiento. Otros informes periodísticos indican que habrían sondeado a personajes como los portugueses Carlos Queiroz y Andre Villas-Boas además de los argentinos Gerardo Martino y José Néstor Pekerman. Pero la pregunta es: ¿Se busca un entrenador de acuerdo a cierto perfil que cumpla con las necesidades de un proyecto, o simplemente se busca un nombre rimbombante que intente desarrollar un proceso hasta el Mundial del 2022? He ahí el dilema.

Aparentemente, los finalistas de la pesquisa federativa son 'El Tuca' Ferreti y 'El Tata' Martino --actual entrenador del líder de la conferencia Este y el mejor equipo de la MLS, el Atlanta United. Se cree --más que saber-- que De Luisa quiere a Ferretti y que próximamente lanzará el ataque definitivo para negociar con Tigres y con Cemex y anunciar que, al término del actual campeonato, el brasileño-mexicano se convertirá en el entrenador definitivo de la selección hasta el Mundial del 2022. Pero si algo falla ahí, Martino, ex entrenador del Barcelona y de la selección de Argentina, en ambos casos con pobres resultados, se transformará en el candidato más viable. Martino puede dejar al Atlanta al término de la presente temporada de la MLS.

Ricardo Ferretti parece seguir siendo el hombre idóneo, porque la llegada del 'Tuca' también significará el arribo de personajes que conocen a la selección --Mejía Barón, Hugo Hernández-- y un proyecto fincado en los años donde Pumas y el ingeniero Aguilar Álvarez establecían el rumbo de la selección. Ferretti traería con él un proyecto y personal para arropar el trabajo hasta el Mundial del 2022. Ello le da una significativa ventaja sobre Martino y ante De Luisa y algunos dueños de clubes del futbol mexicano, incluyendo al propietario del América y de Televisa, la empresa con la mayor influencia sobre el representativo futbolístico mexicano.

La ventaja de Ferretti sobre Martino radica en conocimiento del medio y en que Ferretti significa un plan, un proyecto, un estilo acorde a la historia misma del futbol mexicano.

Veremos hacía donde se dirige la corriente. La realidad es que la FMF sigue teniendo más candidatos que un proyecto realmente sólido y viable para las selecciones nacionales.

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Puede que haya sido un “Copa molera” o un juego programado en mal momento o que la forma del rival -el Toronto- no haya sido la misma de hace algunos meses, pero Tigres hizo lo que tenía que hacer: Ganar, tomar el trofeo, llevarlo a su vitrina y generar felicidad en sus aficionados. Para eso existen los equipos de futbol. Los tiempos de bonanza de Cruz Azul, Pumas y América, líderes en la tabla, están lejos todavía de la época que Tigres ha impuesto sobre la cancha de juego. Es el equipo más poderoso del futbol mexicano. El mejor. Punto.

CIUDAD DE MEXICO -- La tabla general indica que tres equipos de la capital -históricamente llamados “grandes”- encabezan el torneo actual y que, por momentos, volvemos a un México centralista, donde nada puede ni debe recibir reconocimiento si no ocurre en esta ciudad.

Tengo malas noticias para los aficionados de Cruz Azul, de Pumas y de América -que juntos deben ser bastantes- el mejor equipo del futbol mexicano se llama Tigres, es Tigres y nadie más que Tigres.

Y lo más fácil es demeritar. La Copa “molera” que le ganó el miércoles por la noche a un Toronto que esta lejos de la condición que lo llevo a ganar espectacularmente el titulo de la MLS y a eliminar al propio Tigres y al América del torneo de la Concacaf. La realidad es que un club que es, se siente o que quiere ser “grande”, debe siempre ganar trofeos, recogerlos, llevarlos a su vitrina y ofrecérselos a sus eufóricos aficionados. Tigres lo hizo. Punto.

En un futbol donde “cualquiera” -yo diría que muchos- pueden ser campeones, nadie ofrece las garantías de Tigres. Puede ganar o perder, puede gustar o de pronto decepcionar, pero eso no le aleja de su condición de club de época en el futbol mexicano.

No sólo se trata de un plantel amplio y lleno de calidad, también, inobjetablemente, de un equipo que juega con un estilo propio en la cancha, que combina una condición colectiva -lograda en mayormente por el trabajo de Ferretti- y que tiene figuras capaces de transformar el juego en cualquier momento -Gignac, Nahuel, Vargas, Juninho, Ayala, Torres Nilo, Pizarro, Dueñas, Zelayarán, Valencia, Sosa y Aquino-.

Ganar el trofeo de la Copa de Campeones en lo que supone ser el primer acercamiento de muchos que tendrá la Liga MX y con la MLS de los Estados Unidos, no significa, de ninguna forma, una “hazaña” futbolística, pero ratifica la mentalidad y la creencia de los que los clubes que son, se sienten o quieren ser grandes deben llevar gloria a sus vitrinas y felicidad a sus seguidores cada vez que puedan hacerlo. Tigres lo hizo justo cuando pesaba una ausencia de resultados internacionales reflejada en la derrota de una final de Copa Libertadores y de dos torneos de clubes de Concacaf.

El miércoles en Toronto y el domingo, otra “final”, como si lo fuera, un Clásico lleno de pasión, de polarización, de historia y hasta de modos diferentes de pensar y de vida. Tigres sale a jugarse nuevamente su prestigio ante el odiado rival del otro lado de la ciudad. Otro “trofeo”, este imaginario, que no puede dejar escapar.

Nos hemos cansado de caer en la misma polémica: ¿Cuál es el secreto de un “club grande”? ¿A qué obedece ese denominativo? ¿Es la historia, es el abolengo, es la popularidad? ¿Dónde se esconde la grandeza? ¿Quién o que lo determinan? La respuesta es sencilla. Basta con ojear los periódicos del jueves: Un club “grande” toma trofeos, no importa del tamaño o de la importancia que sean, y se los lleva a sus vitrinas y se les brinda a sus aficionados.

El mejor se llama Tigres. Cruz Azul, Pumas y América pueden seguir “remando”.

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Mientras América desollaba la vejada zalea de Pumas, en Monterrey el fracaso sigue siendo el inquilino perverso del majestuoso estadio.

El Perro de la Muerte, el Xoloitzcuintle azteca, sembró desolación. Yerto y yermo, Rayados exhala tragedia. Tijuana es semifinalista.

El pomposamente llamado Gigante de Acero tiene más momias que trofeos en su vientre. Ya ni su afición le llena la tripa lujosa de la tribuna. Ubres de cicuta.

La tragedia acelera el Juicio Final. Las plañideras evocan a los ausentes desde el Limbo: "Oh, Funes Mori". Su consuelo es no morir de caries.

¿Y los vivos? Al cadalso, y a la cabeza de ellos, en la cabalgata dantesca del exterminio, el Turco Mohamed, enjuiciado porque lo que hizo lo hizo mal y porque lo que no hizo, también lo hizo mal. El Titanic regio es una fosa común.

Xolos de Tijuana recurre el lúgubre, pero festivo pasaje, del condenado a la emancipación. Se sacudió la guillotina que como moño carnavalescamente tétrico le habían puesto los pronósticos.

Xolos tuvo la opulencia de eso en lo que Rayados fue mezquino: testosterona, sangre, rabia, odio, fe, gónadas. A Monterrey le trasquilaron las joyas del guerrero: lo castraron.

Los aprendices de Américo Vespucio, esos cartógrafos del futbol, podrán tirar las lecturas sabiondas de lo que ocurrió, de lo que pudo ocurrir y de los que no ocurrió en la cancha.

Al ajedrez, todos somos Bobby Fischer, pero en las Termópilas, unos mueren y otros perduran. La última palabra es del jugador. Un Ortega Gasset futbolero diría que son el jugador y sus circunstancias.

Y en Monterrey, ganó el hambriento. En el Gigante de Acero se fugaron las víctimas y le atizaron a sus verdugos.

¿Xolos? Notable. Ojo: Diego Cocca sigue sin ser el Guardiola de América, como lo bautizó en un desliz desesperado Alejandro Irarragorri al llevarlo a Santos. Pero en su primer reto en Liguilla, más a los Mourinho, sobrevivió al estupor de sus propias habilidades.

Sí, Xolos, notable: desde un nervioso Lajud, con la solidez de otrora de Aguilar y de Valenzuela, hasta un Mendoza que dejó de ser el conejo bobalicón de Quick, y la ferocidad de un Musto nada mustio, mientras Bou, Lucero y Bolaños sangraban la cancha con su propia rabia.

Y no es que Tijuana se poblara de cracks en un acto repentino de magia. No, simplemente al futbolista lo posesionó el espíritu de guerra y de garra, ese que debe ser imprescindible en la cancha, en el vestuario, en la vida...

¿Y Monterrey? Sus figurines siguen jugando con tacones. ¿Se equivocó el Turco al iniciar con Molina y no con Jonathan? O tal vez, muy creíble, nunca trabajo para solucionar la ausencia funesta de Funes Mori.

¿O quién hizo el gran negocio de protagonizar el gran imbécil a traer a Albertango (AKA Albertengo), más un bailarín que futbolista? ¿Alguien debe hacer auditoría futbolística y bancaria para quien llevó a semejante jugador con presunción de solución?

Y mientras el reloj iba fileteando los vestigios de hombría deportiva a Monterrey. Xolos se fue asentando. Los goles de Bolaños (desvío de Vangioni al '4) y de Lucero ('22), azuzaban la desesperación de Rayados, a pesar del descuento de Pabón al 47'.

Pero era un dominio suicida. El tercero de Tijuana se regodeaba en el precipicio del suspenso, mientras el ataque desordenado de Rayados agigantaba la trinchera del rival. El cronómetro se desangraba de segundos al ritmo de la transpiración de Xolos.

Este lunes, Monterrey deberá tener una voz y un rostro. Lo reclama la afición y lo reclaman las miles de butacas vacías en el estadio, lo que refleja que alguna afición se rindió antes que su equipo.

Este lunes, Rayados deberá hacer el paseo obsceno, entre los vituperios de propios y el jolgorio de Tigres. Los buitres sediciosos de la tragedia.

Afirman que Mohamed renunció este mismo sábado. ¿Será cierta la maldición de que técnico que es campeón con América no puede serlo con ninguno otro en México? Al Turco le dieron todo lo que pidió. El fracaso es el lujoso corbatín de su paso por Monterrey.

Tijuana espera rival. Perderá a Riveros en Semis, a excepción claro de que apele la expulsión y la Comisión Disciplinaria se pase la cédula arbitral por el arco del triunfo.

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Permítaseme este acto de escapismo. Ordenar al menos 500 palabras en un Blog enfocado en unos Tigres y unos Santos rehuyendo la obligación sagrada de jugar al futbol, no es fácil.

Y menos aún con la insinuación de bulimia y anorexia en la cancha y en el marcador: 2-0. Y Tigres encendió las veladoras al nicho blasfemo de tan precario trámite y alemtador desenlace.

Con la herida abierta por el remate --imagínese Usted-de Hugo Ayala entre dos torres bobaliconas, Tigres se sintió más cómodo, y lo poco que generó Santos murió en pretensiones narcisistas de sus delanteros, como el desperdicio de Djaniny a los '70.

Y ante la batalla sin guerreros en El Volcán que no se llenó y que sólo expulsó cenizas, me dediqué a escrutar con un filósofo de la guerra, el general chino Sun Tzu.

Phil Jackson y José Mourinho tienen el compendio en su mesa de noche. Porque Sun Tzu suena descabelladamente simple aún cerca de 2,500 años después.

A ver si Usted me concede un poco de empatía y de simpatía. Tal vez entendamos mejor lo que ocurre en la banca para que no ocurra lo que debe ocurrir en la cancha. "La defensa es para tiempos de escasez, el ataque para tiempos de abundancia", escribió el estratega chino, y la nómina de Tigres me recordó que es la nómina con más seleccionados nacionales y mundialistas de diferentes países de toda América.

Pero, otra aseveración de Sun Tzu regocija hasta relamerse los encanecidos bigotes al Tuca Ferretti: "Los guerreros victoriosos primero ganan y después van a la guerra, mientras que los guerreros vencidos primero van a la guerra y después buscan ganar".

Porque cuando Santos se declaró la guerra, ya Gignac, fusilando desde el manchón, con el 2-0 los tenía vencidos bajo la asfixia del marcador, amparándose en otra reflexión del general chino: "Cansa a los enemigos manteniéndolos ocupados y no dejándoles respirar".

Para entonces, ya Santos era un pez con asma. Había caído burdamente en la clandestina pero legitima emboscada del general Ferretti: "Aparenta inferioridad y estimula su arrogancia". Arenas movedizas.

Si Tuca Ferretti dispone de este volumen milenario, seguramente tiene destacada en amarillo, la siguiente sentencia del general chino Sun Tzu: "La oportunidad de asegurarnos contra la derrota esta en nuestras propias manos, pero la oportunidad de derrotar al enemigo la provee él mismo".

Porque a final de cuentas eso ocurrió: dos torpezas de marca, de atención y de compromiso, generaron el gol de Ayala y el fusilamiento de Gignac. La víctima proveyó al victimario. Suicidio disfrazado

Por eso, guste o no, seduzca o no, fascine o no, enamore o no, facilite o no la elaboración de Blogs, el Tuca debe sentir que, a pesar de algunos de sus berrinches muy de patán, en los que carga contra quien sea, con toda la inmunidad e impunidad, es, debe creerlo, una alusión personal de Sun Tzu: "El general abarca las virtudes de sabiduría, sinceridad, humanidad, coraje y ser estricto".

Rematemos así, de Sun Tzu para Ferretti: "La invencibilidad radica en la defensa; la posibilidad de la victoria en el ataque". Amén.

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LOS ÁNGELES -- Cruz Azul cumple 20 años ensayando. Y fallando. 20 años sin descendientes en una sala de trofeos con herrumbre de mitología. El fracaso no preña ilusiones.

Pedro Caixinha es la nueva apuesta. En La Noria lo habían apalabrado cuando Paco Jémez aún vociferaba ante la prensa. En Cruz Azul tienen lista la llanta de refacción antes de que termine de desinflarse la original. En ese quirófano celeste operan sin diagnóstico.

20 años. Para el tango, no son nada. Para la febril ansiedad de la afición cruzazulina, huelen a eternidad. La matriz se volvió anciana y estéril.

Aquella postal está fresca. Aquella de hace 20 años y días. Aquella escena en la que, en Ángel David Comizzo se engendró Chuck Norris y le desacomodó de una patada artera, la quijada a Carlos Hermosillo y le reventó el labio. Penalti.

Era gol, era título, era sentencia, era venganza, desde antes de que lo cobrara Hermosillo. El hilo de sangre en su rostro tenía ese perfume fresco y escarlata de la vendetta.

La mirada de Hermosillo aterraba. Comizzo no veía la pelota. Estaba hipnotizado por la mirada de la cobra parada ante el balón. El odio era el cordón umbilical entre verdugo y víctima. La lividez del portero argentino era síndrome de rendición.

Ese día, ante ese Hermosillo, ni dos Comizzos habrían detenido el balón.

Tal vez a La Máquina que presume ser de sangre azul, a pesar de ser manufactura de gente obrera, de gente de overol sin etiquetas, de artesanos del cemento, tal vez le urge sentir el sabor de la sangre, de la roja, de la genuina. Tal y como ese 7 de diciembre de hace dos decenios, Hermosillo la paladeaba, manando, mamando, caliente.

Cruz Azul espera que Pedro y su Caixinha (cajita, en portugués) de herramientas espirituales, amputen ese aburguesamiento del jugador celeste. Cobra bien y a tiempo. Y si fracasa, el maldito y ruin rufián es el técnico. Ellos, como Dimas y Gestas.

Porque la sangre azul es una metáfora del elitismo, de la nobleza. En la vida real, sólo algunas alimañas, crustáceos y moluscos tienen sangre azul. Aunque, a veces, sí, parece, que algunos de ellos se visten de celeste.

Caixinha se ha guardado el discurso triunfalista. "Vamos a trabajar para darle a la afición lo que tanto desea", dijo a su llegada a la Ciudad de México.

Tarde o temprano deberá montar sus bastiones. Porque su misión está clara. Nadie lo engañó. Está obligado a ser campeón. Menos que eso, sería agregarlo al camposanto celeste, donde yacen los cadáveres de las buenas intenciones.

El portugués tiene una ventaja: un mejor presupuesto del que dispuso en Santos y una población cautiva en el vestidor, de jugadores compungidos, contritos y ansiosos de reivindicarse.

La plantilla de Cruz Azul es competitiva en el archivo muerto de los currículos. Necesita, sin embargo, volverse competitiva en el juzgado inapelable de la cancha. Sin duda, Paco Jémez lo habría conseguido si no fuera por sus desesperadas e histéricas ansias de fuga, para volver al confortable vientre de su patria.

Cierto que las pretensiones de Caixinha, respecto a refuerzos, serán reguladas desde Miami. Aunque Cruz Azul sostiene que Carlos Hurtado es "una leyenda urbana", como el Chupacabras. Lo cierto es que cada torneo, como el Chupacabras, devasta el gallinero azul.

La turbulencia será en diferentes frentes. No sólo en el vestuario, sino en la relación banca y tribuna, conforme a los designios de los resultados, y habrá que ver qué tan divertidas, viscerales y tormentosas se vuelven las conferencias de prensa.

Con Caixinha llega la modernidad. Los jugadores deberán ampliar sus horizontes. Los dispositivos ya no serán para redes sociales, juegos y videos morbosos, sino para que carguen con tarea a casa.

Recordemos que el técnico, que se ampara como discípulo de José Mourinho, gusta de desmenuzar en tabletas el destino inmediato de sus jugadores. Les nutre pormenorizadamente de información de sus rivales y de su entorno.

Los futbolistas de Cruz Azul sabrán hasta el signo del zodiaco de sus contrarios y hasta el número del "pollo" (dícese de ese celular confidencial que muchos jugadores tienen a escondidas de su club, su promotor, sus directivos, su técnico... y sus familias) de sus colegas y adversarios.

Habrá pues que esperar que Pedro saque del fondo de su Caixinha de Pandora, como en la mitología griega, la esperanza, para contrarrestar todos los males del planeta azul.

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LOS ÁNGELES -- Monterrey 2017. La metrópoli de la gloria. La metrópoli de la frustración. Y es la urbe con esas facciones mixtas de la comedia y el drama. Medio corazón de euforia y medio corazón de luto. Cada paso de baile del carnaval pisa un alma en pena del funeral. Vecinos más distantes que nunca.

Tras esta Guerra Civil, futbolísticamente, Monterrey, la ciudad, la macrópoli, ya no volverá a ser la misma. La supremacía ya tiene un rostro.

Tigres, campeón. Rayados, subcampeón, es decir, el primero de los 17 súbditos de este Clausura 2017.

Pero, lo más importante para Tigres es ser el omnipotente señor feudal de Monterrey, San Nicolás de los Garza y anexas.

Qué profundo debe ser el placer de Tigres y sus feligreses. Que profundo debe ser el desconsuelo de Rayados y sus dolientes.

Este domingo por la noche era más que un título, era más que un trofeo, era más que una medalla, era, es y será, el bastón absoluto de mando del territorio.

Se jugaron 115 Clásicos Regios para que, finalmente, tuvieran una cita en una Final. Era la Madre de todas las Guerras Civiles. La ganó Tigres, a su modo. La perdió Monterrey, a su modo.

Con el 1-1 de herencia en la Final de Ida, con la fastuosa, explosiva, generosa, multidecibélica, trinchera del estadio de Rayados, los Tigres se emanciparon de temores y de maleficios, de sentencias anticipadas y de velorios prometidos.

Cuando Pabón pavoneó la ventaja en el marcador, un 2-1 global que al minuto 2 de juego se erguía como epitafio de un mausoleo magnífico para Tigres, Rayados tendió la trampa en la que sucumbiría.

Pareció, por momentos, que la desventaja, los malos augurios, el escenario mismo, asfixiaban a Tigres. Sufrió para enderezarse, para creer que debía creer, mientras Monterrey se paseaba cómodamente en su cancha, como vistiendo de galas y oropeles el recinto de su coronación.

Pero, llega primero un zapatazo de Edu Vargas en el que tal vez a Hugo González se le debilitaron las muñecas. El 1-1 (2-2 global), dejaba el suspenso, y en la tribuna indecisa, festiva a veces, sofocada otras, las dudas y los demonios de la era Mohamed, se convertían en incómodos recuerdos.

A los 34 minutos, cuatro después de que Vargas resucitara a los felinos, remata cómodamente entre los distraídos rascacielos albiazules. El cabezazo es seco, brutal: 1-2 (2-3 global).

Las voces en la tribuna eran apenas estertores, lamentos, convulsiones sonoras de una fe menguada aún con los 56 minutos, más los seis de compensación que vendrían.

Monterrey hizo lo suyo. Tigres lo hizo mejor. Pareció equivocarse Ricardo Ferretti en la entrada de Acosta, pero tras perder balones en media cancha, rescata uno, dramático, cuando ya Funes Mori, en el área, martillaba la escopeta contra Nahuel Guzmán.

Tigres montó su guarnición, levantó un muro. Y resistió. Porque Rayados sacó su mejor repertorio. Jugadas a velocidad, paredes, desbordes por los extremos, centros envenenados, jugadas de doble cabeceo. Y al fondo, estaba Nahuel.

Y La Pandilla tendría la mejor oportunidad de salvar el pellejo. Ahí, en ese manchón voluble, donde se levantan monumentos o se cavan tumbas. Desde el punto penal.

Irónico, el futbol, unge de gloria en el torneo, pero después embarra de estiércol al elegido: Avilés Hurtado, goleador, futbolista completo, ídolo de Rayados, se muerde los labios, los ojos bailotean, ante la danza de Nahuel desde la raya. El balón no golpeó la red, sino que colando metros encima del arco, impactaría el centro neurálgico de la desgracia y la rendición.

Desde los once pasos, el fracaso es más tétrico, más patético, menos consolable. El hubiera sólo entrega medallas en el Limbo.

Las bancas elucubraban. Mohamed montaba una bayoneta y Ferretti enviaba un escudo más. El Muro de Jericó del Tuca no caería y las trompetas rayadas guardarían silencio hasta el autohomenaje luctuoso con la cadenciosa marcha fúnebre de Chopin.

¿Fracasa Mohamed? Sí, sin duda, porque pierde de nuevo una Final. Pero, no puede soslayarse la magnífica temporada de 22 jornadas en el torneo... excepto en el más importante, el juego 23, la Final de Vuelta.

¿Debe seguir? ¿En qué se equivocó? ¿Podrá rescatar a Avilés Hurtado? ¿La afición perdonará dos veces quedarse vestida y alborotada, enviudando antes de la luna de miel?

¿Ferretti? Está inventariado ya entre los bienes de Tigres. Si decide irse en el 2020, ya sabe que será presidente honorario de Zuazua.

Porque este domingo, a Tigres no le importa si se corona amo y señor del futbol mexicano. Le importa, le viste, le engalana, le interesa, haber sellado la inmortalidad de ganar la Gran Final a su rival de vecindario.

Tigres gana la omnipotencia de Nuevo León... ¿a perpetuidad?

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